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10 de junio de 2012

Grabiela y su vestido celeste



Gabriela conducía sola en su coche camino de Madrid, había salido de León después de comer, para volver a su casa. Como cada domingo, Gabriela se prepara para pasar una parte de la semana sola, esto la ponía triste, aunque ya fuera una rutina después de 15 años de matrimonio con un representante de una marca conocida, aún no se acostumbraba. Alberto, su marido, se movía por toda la zona noroeste de España, lo que hacía que se ausentara al menos 3 o 4 días por semana.
Ella venía de pasar el fin de semana en casa de su suegra con su marido. Él se había quedado allí porque le convenía para comenzar la semana, pero ella en cambio debía volver a casa para comenzar el lunes.
Gabriela no había podido tener niños, así que ocupaba los días de ausencia de su marido con su trabajo, ver la tele, ver a las amigas y hacer un poco de deporte. Aun así se sentía sola, le gustaría disfrutar de más sexo con su marido, pero su ausencia lo hacia imposible. Por supuesto, los días que él estaba, ellos hacían el amor todos los días, e incluso dos veces por día los fines de semana, pero eso no era suficiente para calmar los deseos de Gabriela.
Su mejor amiga incluso le había aconsejado que se buscara un amante, solo por placer nada de romper su matrimonio, pero Gabriela no contemplaba la posibilidad, sería complicarse la vida y además engañar a su marido. Aunque también en parte se debía a que tampoco se había presentado la ocasión.
Gabriela pasaba de los cuarenta, pero disfrutaba de una silueta envidiable, alguno diría que aparentaba diez años menos, con su cabello corto de color oscuro, alta y delgada, vientre plano, un trasero firme y piernas perfectas gracias a las sesiones de footing que hacia varias veces por semana en el Retiro, lo único que la había acomplejado siempre un poco era que tenía poco pecho.
Se masturbaba con frecuencia, en ocasiones con ayuda de un mini vibrador que le había regalado Alberto. Ocurría casi siempre mientras veía la tele, estaba tumbada sobre el sofá, desnuda bajo su camisón y cubierta con una fina mantita. Como se le enfriaban las manos, las escondía bajo la manta y a la altura de su abdomen, se frotaba el vientre y para cuando se quería dar cuenta se estaba acariciando o frotando el pubis porque le gustaba sentirlo cuando estaba recién depilado o con los vellos cortitos.
Hacía suaves movimientos circulares sobre su monte de venus, lo cual le provocaba una agradable sensación, a continuación separaba las piernas y deslizaba su mano hacia el muslo. Era un poco el juego que le hacia Alberto para hacerla desear en los preliminares. Del muslo volvía con la yema de sus dedos a su vulva y sentía como se iba humedeciendo, sin duda su conejito ya sabía que iba a tener fiesta.
Mientras su mano derecha jugaba con el clitoris y los labios, y de vez en cuando introducía un dedo en su vagina, su mano izquierda se posaba sobre su pecho, aunque no tenía mucho, si le gustaba acariciarlos y erizarse los pezones. Cuando el orgasmo estaba por venir se colocaba boca abajo, con su mano derecha siempre en su vulva y las piernas apretadas, mientras la izquierda buscaba un cojín o usaba la manta para silenciar sus gemidos en la medida de lo posible, no quería que sus vecinos pensaran mal…
A ella le encantaba gritar mientras hacía el amor, sobre todo al llegar al orgasmo, era algo que la hacía sentir muy bien, como que le hacía liberar más energía. A Alberto le encantaba, aunque en ocasiones diera lugar a situaciones embarazosas, por ejemplo si hacían el amor en un hotel pequeño, en casa de unos amigos o incluso como anoche en casa de la madre, donde no tuvo más remedio que ahogar todos sus gemidos en la almohada mientras Alberto la sodomizaba.
Era mes de abril y el tiempo era un poco cambiante, había hecho buen tiempo el fin de semana e incluso había podido broncearse un poco en el jardín de su suegra. En cuanto llegaba el calor le gustaba sacar su ropa de verano y lucir vestidos, de hecho aprovechaba para no usar sostén y en ocasiones ni tan siquiera braguitas, le gustaba sentir el roce de la tela con sus pezones y con sus nalgas, y sobre todo cuando una brisa acariciaba su pubis. Ese día llevaba un sencillo vestido celeste, con algunas florecitas y sin nada de ropa interior, total iba en coche…
Javier conducía por la misma carretera que Gabriela, también en dirección a Madrid, aunque algunos kilómetros más atrás. Era enfermero en el hospital, y venía a Madrid para comenzar a trabajar en el servicio de urgencias de La Paz. Un trabajo sin duda estresante, lo que no le dejaba tiempo para buscar pareja, aunque si para tener algunos escarceos con otras enfermeras.
De repente se desató la tormenta, un relámpago seguido de un trueno ensordecedor acompañado de una manta de agua. Gabriela se llevó un pequeño susto porque iba sumida en sus pensamientos, organizando un poco su semana. En seguida redujo la velocidad y encendió las luces, no quería tener problemas en esa carretera que tenía algunos tramos peligrosos. No vio venir un pequeño socavón, y el coche dio un pequeño salto, entonces el motor comenzó a hacer un ruido extraño, y antes de que fuera a más, y también por si había pinchado, decidió tomar el primer desvío. Al tratar de volver a arrancar el motor éste no respondía, le entró un poco de pánico pero enseguida intentó llamar, no había cobertura…
Estaba un poco en medio de la nada, ir a pie a cualquier lado y más bajo esa lluvia era poco menos que una odisea, su mejor opción era esperar a que alguien pasara por ese mismo desvío y la quisiera acercar al siguiente pueblo o gasolinera, aunque iba a ser complicado conseguir un mecánico un domingo por la tarde.
Gabriela esperaba en el interior de su coche, había salido sólo para ver si las ruedas de delante estaban pinchadas y por no llevar paraguas había quedado empapada. Tenía su vestido de verano pegado a la piel y el frío le había erizado los pezones.
Javier también se vio sorprendido por la tormenta, e igualmente redujo la velocidad, tenía ganas de orinar y la autovía no le ofrecía muchas opciones, además con lluvia era aun mas arriesgado parar en el arcén, así que decidió tomar cualquier desvío que le permitiera volver a entrar tras haberse aliviado.
Al tomar el siguiente desvío vio que había un coche parado junto a la carretera y con las luces de emergencia; en seguida vio que salia una mujer del vehículo y le comenzaba a hacer gestos para que se parara. La pobre estaba empapada, así que fue reduciendo hasta parar junto a ella, bajó la ventanilla y preguntó:
- ¿Tiene algún problema, la puedo ayudar?
- Mi coche se ha averiado y no tengo cobertura, ¿le importaría llevarme?
- Claro, suba!
Gabriela volvió a su coche, cogió su bolso y una bolsa que tenía en el asiento de atrás, pero con las prisas olvidó su pequeña maleta en el maletero. Entre tanto Javier salió un momento a orinar. Un par de minutos después volvió a la carretera rumbo a Madrid. Javier rompió el hielo:
- Mal tiempo para que se averíe el coche…, me llamo Javier y voy para Madrid.
- Yo voy para Madrid también, ¿me podrá dejar en la siguiente estación de servicio?
- La verdad que siendo domingo es complicado que consiga un mecánico o incluso una grúa… ¿Ya que vamos para Madrid no prefiere que la acerque a su casa?
- Es muy amable pero voy al centro y probablemente sea un lío.
- Bueno, no hay problema, tengo toda la tarde libre, pero debería abrigarse porque sino va a coger una neumonía, soy enfermero, hágame caso.
- Ay no! Me he dejado la maleta… bueno, de todas maneras no había nada de abrigo…
- ¿Quiere que de la vuelta?
- No da igual, me quedo así, enseguida entraré en calor. – Entonces Javier alargó el brazo hacia los asientos traseros y le pasó un jersey – Gracias, muy amable.
Llevaban unos minutos compartiendo ruta y ya había tenido tiempo de fijarse en ella, aunque debía ser unos diez o quince años mayor le resultaba bastante atractiva. Para colmo con todo el trajín y la lluvia tenia su vestido empapado, ya cuando bajó la ventanilla vio perfectamente como se le dibujaban los pezones mientras el agua de lluvia le corría por las mejillas y el escote, ahora en el coche se le pegaba a los muslos, que iban tapados hasta la mitad. Tenía buenas piernas, delgadas pero fibrosas y con unas pantorrillas estilizadas. Además cuando volvía de orinar, y mientras Gabriela se dirigía al coche, tuvo la impresión de que no llevaba braguitas, o quizás un tanga porque el vestido se le pegaba completamente a sus nalgas sin marcar nada.
Gabriela tomó el jersey y lo colocó sobre su pecho, así que Javier insistió: “Así no sirve de nada, lo suyo es que se lo ponga y se quite el vestido mojado, de hecho el jersey es bastante largo como para que le sirva de vestido”.
Ella estaba por negarse, pero tenía demasiado frío, dudaba, a fin de cuentas estaba con un desconocido… Javier volvió a insistir: “Si le soy sincero, su vestido mojado no esconde nada de su anatomía. No voy a ver nada que no haya visto en otra mujer, pero por si se queda más tranquila le prometo que no miraré”.
A ella se le aceleró el corazón, le daba vergüenza pero se daba cuenta que él tenía razón y si además es enfermero le va a dar lo mismo. Así que dejó el jersey a un lado y comenzó a deslizar su vestido mojado por debajo de sus nalgas, no era fácil porque no había mucho sitio y al estar mojado se pegaba, para colmo intentaba girarse un poco para que Javier sólo la viera de espaldas. Al subirlo hasta la cintura tocaba quitar la cremallera de atrás, lo intentó un par de veces pero no había manera con esas estrecheces, así que angustiada le dijo a Javier:
Está claro que hoy no es mi día, la cremallera se ha atascado, ¿me puedes echar una mano?
Bueno, espera un instante, con este diluvio no quiero que acabemos teniendo un disgusto, justo aquí hay una salida.
Javier tomó la salida que iba dirección a un pueblo del que jamas había oído hablar, pero que les permitía volver a tomar la autovía. Se paró y se giró hacia Gabriela, desatascó la cremallera que se había pillado con la tela y abrió el vestido descubriendo la espalda ligeramente bronceada de Gabriela, no lo pensó dos veces, tomó el vestido y lo deslizo por encima de su cabeza para terminar de quitarlo, era lo más rápido.
Gabriela estaba completamente desnuda junto él en el asiento del coche, tenía los vellos erizados seguramente por el frío y no pudo resistirse a pasarle las manos por los hombros para hacerla entrar en calor, al tiempo que le susurró al oído: “eres muy bella”.
Gabriela no reaccionó, de hecho hasta ese momento apenas lo había mirado a la cara, estaba más absorta en salir del problema que cualquier otra cosa, sintió sus manos calientes en los hombros, de repente ese susurro tuteándola y la lisonja la hicieron olvidar todos los problemas. Se giró, y sus miradas se encontraron, ella pasó su mano izquierda por la nuca de él, lo besó con fuerza y luego dijo:
- Tengo ganas de ti
- Yo también tengo ganas de ti
Javier la sentía temblar entre sus brazos, ella seguía desnuda así que le comenzó a colocar el jersey entre beso y beso, él arrancó y ella se terminó de colocar el jersey, estaban mal aparcados y quería encontrar un sitio un poco mas refugiado para que no se les viera desde la carretera.
Volvió a la carretera que iba camino del pueblo, dejó la palanca de cambios y apoyo la mano sobre su muslo frío, fue deslizando sus dedos hasta su objeto de deseo. Ella se reclinó sobre el asiento y separó las piernas ligeramente, la caricia la estaba excitando aún más y la hacía olvidar el frío, pero vio que Javier contra volanteaba para no perder la dirección, así que volvió a colocar su mano en el volante, y en un tono entre divertido y lujurioso le dijo: “No seas imprudente, casi mejor para por aquí en cualquier sitio”.
Unos metros más adelante Javier aparcó al abrigo de unos árboles, allí era difícil que alguien los viera desde la carretera. Él se bajó y fue a buscar algo al maletero, dio la vuelta y abrió su puerta, tenía un condón en la mano, ambos sonrieron y ella se lo quitó, agarró con una mano su pantalón de deporte y tiro de él hacia abajo, llevaba un bóxer azul que marcaba perfectamente su erección, bajó también el bóxer y dejó su pene erecto al aire, con el glande brillante apuntando hacia su boca…
Javier estaba un poco desconcertado, su idea era ir atrás, pero ella le colocó el condón, le masturbó un poco y en seguida se metió el pene en la boca. Estaban en medio de ninguna parte y ahí bajo los árboles era como si no lloviera, tenía el trasero al aire, aunque Gabriela le agarraba la nalga y tiraba de ella cada vez que se metía su pene casi entero. Sin duda era toda una experta, iba alternando los juegos con la lengua y la succión del glande, mientras con la mano que tenía libre acariciaba sus testículos o bien se ayudaba para masturbar el pene.
Gabriela no salía de su asombro, nunca se hubiera imaginado haciendo esto, estaba fuera de si, en alguna de sus fantasías mientras se masturbaba había tenidos momentos ardientes con desconocidos pero de ahí a hacerlo realidad era algo que jamás se le había pasado por la cabeza. No podía evitar comparar a Javier con su marido, era un chico de veintitantos con un cuerpo bastante cuidado, tenía un pene más o menos igual de largo pero algo más grueso y ligeramente curvado hacia arriba.
Al cabo de unos minutos, Javier tiró de ella hacia fuera, la conduce hacia el capo y la sienta de manera que el jersey quede entre sus nalgas y el frío metal, estaba completamente depilada, sólo un hilo de vello púbico recorría un camino desde un poco más arriba del clítoris hasta un poco mas abajo del ombligo.
Sin subirse el pantalón y con el pene erecto, la recostó sobre el capó y paso las piernas sobre sus hombros, podía observar perfectamente su vulva y su ano, estaba muy excitado, deseaba penetrarla pero tenía aun más ganas de probar ese coñito. Se agachó al tiempo que ella separaba las piernas y paso la punta de su lengua por entre los labios, ella dejó escapar un pequeño gemido, estaba totalmente mojada, pero no por la lluvia…
Con sus dedos separó delicadamente los labios y comenzó un vaivén con toda su lengua, de abajo a arriba, metiendo de cuando en cuando su lengua para saborear sus jugos. A ella se le hinchaban los labios y el clítoris, estaba super excitada y empezaba a notar que le venía un orgasmo, no lo podía creer, tan rápido! Simplemente cerró los ojos y apoyo la cabeza sobre el parabrisas; piernas al aire mientras con una mano sujetaba la cabeza de Javier.
Notaba como le venía el cosquilleo, e iba gimiendo, siguieron temblores y comenzó a gemir más fuerte y finalmente un intenso orgasmo, no podía contener los gritos de placer, menos mal que estaban en medio de la nada, podía gritar todo lo que quisiera y así hacía mientras sujetaba la cabeza de Javier para que no separar sus labios y su lengua de su clítoris, ella seguía gimiendo y notaba la boca toda mojada de él entre sus piernas.
Mientras, Javier aprovecha para masajear sus nalgas, los fluidos de ambos se han ido escurriendo hacia el ano de ella, así que comienza a palpar con los dedos, visto que no reacciona decide meter la punta del dedo, ella no se aparta y hecho le sobreviene un segundo orgasmo mientras él aprieta su clítoris entre los labios, ella grita como si la estuvieran matando, lo cual le divierte y al mismo tiempo aprovecha para deslizar el dedo completo al interior del ano.
Ella se arqueó un poco, él apartó su boca y metió su dedo pulgar en la vagina. Ella estaba acostumbrada a los juegos sexuales y caricias de su marido, y Javier no es que hicieras cosas nuevas pero si de una manera diferente, se estaba excitando más de lo habitual. Que la penetrara por los dos orificios al mismo tiempo sí era algo nuevo y lo estaba disfrutando.
Quería apoyar los pies sobre el capó pero estaba frío, Javier le vio la intención y colocó los pies apoyados contra su pecho, acercó la punta de su pene y lo comenzó a deslizar por toda su vulva, jugó con su labios y finalmente colocó la punta del pene entre ellos, la miró a los ojos con una sonrisa maliciosa y vio que lo estaba deseando, ella lo miraba con ansiedad, finalmente se incorporó un poco y tiro de él, entonces su pene se deslizó hasta el fondo, el gozo fue enorme.
Comenzó un frenético vaivén, ambos estaban muy excitados, y ella seguía tirando de su cadera para que la penetrara toda, sentía como sus testículos la golpeaban y la excitaban aún más. Mientras, él no paraba de excitarla acariciando sus pechos y besándola por el cuello. Gabriela gemina más y más, sentía como el pene se deslizaba a todo lo largo de la vagina, y como ésta estaba super mojada.
En una de estas Javier volvió a acercar sus dedos a la entrada del ano y Gabriela le adivinó las intenciones, le vino a la cabeza cómo la noche anterior se tuvo que retener ahogando los gemidos en la almohada, era algo que la frustraba sobremanera, así que de pronto entre gemido y gemido le dijo “si, ah si, métemela por detrás…”.
Javier estaba super excitado, no sabia si aguantaba mucho más, pero desde luego no quería perder la oportunidad. Sacó su pene de la vagina y acercó la punta a la entrada del ano, apretó un poco para meter la punta y vio que su ano cedía, la fue deslizando y casi entro completa a la primera, la sensación de placer era total y tras un par de movimiento de vaivén el pene entraba completo en su culo.
Ella comenzó a gemir mas fuerte, lo sujetaba por los hombros mientras él la agarraba por la cadera, el pene se le empezó a poner mas duro y sentía que iba a eyacular, la erección estaba en su plenitud y a Gabriela hacia que se le dilatara aún más el ano, sentía un poco de molestias pero el placer era mayor. Ambos gemían y cuando sintió que iba a eyacular ambos gimieron más y más fuerte, ella comenzó a notar como iba saliendo el semen, los espasmos del pene al eyacular, y notaba ese semen caliente dentro del recto, él había dejado de penetrarla, pero se quedó dentro, sintiendo como el esfínter de ella le apretaba la base del pene y como terminaba de salir todo el semen.
Después de unos minutos se apartaron, volvieron a colocarse la ropa y entraron al coche para entrar en calor. Retomaron el camino hacia Madrid y ella al rato se durmió, Javier la despertó al llegar a Plaza Castilla para que le indicara la dirección. Aparcó el coche a la entrada de calle Ibiza, ella lo observaba con un poco de tristeza, le dio un beso y le dijo “Gracias por todo”, salió del coche, cogió sus cosas y entró rápido en el edificio. Lo último que vio Javier fue como esas piernas sexy se alejaban mientras su jersey apenas tapaba las nalgas de Gabriela.
Unas semanas más tarde el servicio de urgencias del hospital de La Paz recibió una carta a la atención de Javier, al abrirla encontró una breve nota que decía “cambio vestido celeste por jersey…” y un número de móvil.

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