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11 de marzo de 2012

Relato erótico de la semana:Del amor al odio.


Las nueve de la noche. No puedo más. Un día muy duro. Las cosas no van bien entre nosotros dos. Nos encontramos entre la espada y la pared. Divorcio. Una palabra cargada de tantos sentimientos, tantos recuerdos que me parece increíble el mero hecho de tener que plantearnos eso. Ahí estamos. Él y yo. Uno frente del otro. Dos completos desconocidos que años posteriores hubieran dado la vida el uno por el otro. Pero terminó. Nuestra relación fue a pique.

Aún recuerdo cuando nos conocimos. Fue en el instituto. Éramos dos jóvenes. Guapos, inteligentes y solteros. A los dos nos gustaba hacer locuras, recuerdo aún el primer beso. Fue en un parque, hablábamos de cosas banales cuando de repente, me besó. Aún saboreo ese sabor salado de sus labios, estábamos comiendo pipas. Poco a poco las cosas se fueron afianzando más. Decidimos ser pareja. Juntos alquilamos un pequeño piso a las afueras de Barcelona. Yo era dependienta en una tienda de informática. Él era mi jefe. Nuestras miradas eran profundas y sinceras. Aquel día, nos quedamos hasta tarde en la tienda, habían llegado unos ordenadores de último diseño y quisimos organizarlos.
Mientras que yo apilaba las cajas una encima de la otra, Marcos me agarró fuerte por la espalda. Me giré preocupada, estaba sudando, nervioso. Sin dirigir palabra me besó. Nunca me había dado un beso como aquel. Era un beso teñido de pasión y de angustia. ¿Angustia a qué? Quise saber yo.
Me tiende encima de la mesa y me levanta la falda. Comienza a besarme las piernas. Yo me quedo sin habla, me limito a mirarlo entre extrañada y consolada. Sus manos recorren mis piernas hasta tal punto que veo como mi tanga ha desaparecido en aquella oficina. Observo que está caliente y que quiere hacerlo allí mismo. Dejo que me toque, noto como su lengua surca por mis profundidades. Me dejo, pero llega un momento que me veo en la necesidad de parar.

-          ¡Para Marcos! – le pido - ¡No quiero que mi primera vez sea aquí!
-          ¿Cómo? – me pregunta él extrañado.
-          Sí, aún soy virgen, y quiero hacerlo tranquilamente en un lugar adecuado.
-          ¡Oh vamos Bárbara! – replicó él – llevamos casi dos años saliendo, tenemos trabajo y piso juntos, ¿acaso no podemos compartir un momento de pasión?
-          Sí, pero no aquí.
-          ¿¡No me digas que no tiene morbo!?
-          No, no lo tiene. Vámonos a casa, mañana seguiremos con todo este caos.

Nos dirigimos a casa. Ninguno de los dos quiso intercambiar palabra. Supongo que estaría enfadado. Yo aún era virgen y quería que fuese algo mágico, tal y como lo describen en los cuentos.
Llegamos a casa, yo decidí darme un baño de agua caliente mientras él decide ir a por unas pizzas.

Decido llenar la bañera. En unos segundos está llena de espuma. Enciendo unas velas aromáticas. Me rindo al placer de aquel agua caliente. Mi mano sin poder evitarlo, acaricia mi clítoris. Me gusta. Sigo tocándome –es divertido- pienso. Noto como cada vez me va gustando más. Mis pequeños gemidos se oyen en aquel pequeño piso. De repente, suena el timbre de la puerta. No puedo evitar sobresaltarme. Oigo a Marcos llamándome. Un poco perdida, me enrollo la toalla a mi cuerpo y me miro al espejo.
Salgo del baño y me dirijo a la puerta, no sin antes mirar por la mirilla. Ahí está él. Con esa cazadora de cuero negro. Se queda sin habla, suelta el casco en el suelo y a continuación cierra apresuradamente la puerta tras de si. Perdí la noción del lugar en el que habría caído la pizza. Su beso fue aún más salvaje que en la oficina. Apasionado. En ese mismo me di cuenta de que mi ducha había terminado, debería esperar, quería, deseaba que tu cara fría, tus manos igualmente frías, recorrieran mi cuerpo caliente.

Tu cuerpo pegado al mío, insistentemente, notaba tu dureza aunque de por medio mi bata y tus vaqueros desgastados. Me empujaste hasta aquel pequeño salón sin parar de besarme. Una vez allí, me quitaste la toalla sin dejar de devorar y asediar mi boca. Ahora es tu ropa la que me molesta. Tu fría piel entra en contacto con mi vientre y mis pechos por un momento. Dejaste de besarme la boca, para volverme mientras me besabas el cuello y me susurras al oído cuánto me deseas. Tu aliento cálido roza mi nuca, y eso provoca un escalofrío fuera de lo común en mí. Me tiendes en la mesa del comedor, tus dedos aprisionan mis pezones, tiras de ellos, los muerdes, te deslizas hasta mi hombro, besas hasta mis axilas. Es la primera vez que estoy tan excitada.

Me dedicó una mirada, una mirada a modo de pregunta.

-          Tengo ganas de ti – le susurré en el oído.

Su reacción fue inesperada. Me vendó los ojos. Noté que se fue. No puedo calcular el tiempo exacto que pasó, solo se que le necesitaba.
Minutos después, me quitó aquella venda negra. Pude observar como el suelo estaba lleno de rosas, decidí seguir aquel camino. De fondo la música conseguía que mi corazón se acelerase, estaba nerviosa.

La cama estaba llena de pétalos de rosa blancos y rojos. Había una botella de champán. Me quedé sorprendida, apenas pude articular palabra. Me giré. Ahí estaban sus penetrantes ojos verdes. Me besó. Le besé. Nos besamos. Caímos en aquella cama endulzada por aquellos pétalos. Pronto le quité el pantalón. Jamás le había visto desnudo. Me sorprendió bastante.
-          Relájate – me rogó.

Noté como me temblaba el cuerpo, quería hacerlo, pero tenía tantas dudas… Decidí tenderme en la cama, el lo hizo a mi lado. Deslizó su mano por mi cuerpo como si de una pluma se tratase. Notaba como mi cuerpo respondía en positivo a aquellos estímulos. Sus manos acariciaron de nuevo mis pechos y a continuación me tocó el clítoris. Era la primera vez que lo hacía. Me gustó muchísimo notar sus manos en él. Comenzó a acariciarlo, de lado a lado. Noto como estoy aún más caliente. Sus dedos acarician mis labios, no puedo evitar gemir. Él sonríe, le gusta, me gusta. Nos gusta. Sin previo aviso noto como su lengua se desliza de nuevo en mi punto de perdición. Le agarro del pelo, me gusta que lo haga. Es cuando se sube encima de mí. Nos miramos directamente. Y noto como su pene roza mis piernas, cierro los ojos con fuerza, pero él me susurra al oído –todo irá bien-. Abro los ojos y ahí están los suyos. Noto como su pene intenta abrir paso en mi vagina. Noto como entra en mí con dificultad. Me duele. No puedo evitar gritar. Él se asusta y para.
-          Continúa – le ruego.
-          ¿Estás segura? – me pregunta.
-          ¡Sigue! – le ordeno.

Noto como una pequeña sonrisa se le dibuja en el rostro y el ritmo de las penetraciones van siendo cada vez un poco más rápidas. La sensación es extraña. Me gusta a la par que me molesta. Mis piernas se aferran a tus caderas, quiero notarla dentro de mi, profunda. Logro balbucear tu nombre entre cada embestida. Me gusta, me gusta muchísimo. El dolor se ha marchado. Noto como enloqueces. De repente me coges en brazos y me empotras contra la pared, y me sigues penetrando fuertemente. Gimo de placer, pero también de dolor, pero el cuerpo me pide seguir.
Noto algo caliente en mi interior y le miro sorprendida. Ha tenido un orgasmo.

-          Te adoro. ¿Nos bañamos y te hago el amor pausadamente?

Me derrito ante aquella pregunta, mis piernas aún están temblorosas y mi cuerpo profanado sigue gozando del momento anterior. Me subo de nuevo encima de Marcos y le ordeno que me lleve al baño, casualmente me acuerdo de que la bañera estaba llena de agua y velas perfumadas. Beso tu boca firmemente, pero con suavidad. Mientras me llevas, ahí en el suelo están aún mis pisadas de haber acudido a abrirte la puerta y en el pasillo la pizza. No podía imaginar mejor descanso para esa noche que el que estaba teniendo.

Los días y los meses pasaron geniales, hasta que un día… Entré en la oficina, era tarde. Me había dejado el móvil y esperaba una llamada de una compañía de seguros. Pude observar como la luz estaba encendida. Me extrañé, Marcos estaba de viaje. Me asusté “serán ladrones” me dije. Me armé de valor y abrí la puerta. Jamás olvidaré aquella estampa. Marcos estaba haciendole el amor encima de la misma mesa en la que una vez me lo propuso a mi, a una hermosa chica. La chica jadeaba. Él se paró en seco y me dijo:
-          A ella si le da morbo.

Fueron las últimas palabras que oí de él, al menos a solas.

-          ¿Firma usted señorita el contrato de separación? Me pregunta por enésima vez el abogado.
-          Perdona, estaba pensando en otras cosas.

Se acabó estoy divorciada.

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