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19 de febrero de 2012

Relato erótico de la semana: Una tarde fría de domingo.

Toco al timbre, estoy algo nerviosa, más de lo habitual. Es una fría tarde de domingo. Solo llevo un abrigo color camel, tenía demasiadas ganas de verte, mi cuerpo yace desnudo tras aquel abrigo de cuero, noto como mis pezones están erectos, hace demasiado frío. Oigo como te acercas a la puerta, deduzco que vas descalzo, se te oye, pero sólo si una presta atención. Intuyo que vas descalzo y en pijama, porque es domingo y hace frío. No sé si cruzar el umbral, todo en ti, me induce a pensamientos sexuales y lívidos, no puedo evitarlo, y tanto tiempo sin sexo, me temo no estar a la altura. Cruzo la puerta y te sigo, cerrándola tras de mí. No hay mucha luz, más bien poca, la justa para distinguirte entre aquella oscuridad que abraza tu cuerpo definiéndolo con dulzura.

Te paras frente a una habitación abierta, una gran cama se distingue entre rallos de luz de aquella vieja lámpara. La cama aún está caliente, eso me hace pensar que has estado echado no hace mucho en ella. Tú, a un lado de la puerta, me coges el bolso y lo tiras desde ahí a un sofá, al quitarme el bolso, mi abrigo me traiciona y deja a ver mi hombro derecho, puedo ver la pequeña sonrisa difuminada en tu rostro. Con delicadeza te acercas a mí, me besas aquel hombro descubierto, tras esto, tu dedo dibuja en este un bonito corazón. No puedo evitar estremecerme, tan solo fue un roce y ha bastado para que mi mirada me delate de lo que quería. Una de tus manos me sujeta por detrás de mi cintura y me acerca a ti, a tus labios. Acompañas esa penetrante mirada con unos pequeños pasos hacia atrás hasta llegar a la cama.

Ni una sola palabra ha acompañado mi llegada, a excepción de un “Hola” cuando abriste la puerta y aquí estoy de pie frente a ti, obsesionada por la idea de que me poseas y de poseerte. Tus manos alcanzan uno de los tirantes de mí sujetador, deslizándolos hasta hacerlos caer, en un abrir y cerrar de ojos puedo observar que mi sujetador está junto al bolso, en el sofá. Recorriendo con los dedos desde la punta de mis pies por la parte interior de mis muslos, mis ingles, agarras mis braguitas y las bajas para dejarlas donde el sujetador.
Te pones de pie, me giras, no sé donde se halla tu pijama, me doy cuenta de que el único atuendo del que dispongo son aquellos tacones rojos. Tu aliento en mi nuca me enloquece, la incipiente erección de tu pene contra mis nalgas sigue obsesionándome.

Ahora, cada uno de mis poros, resuma deseo contenido, aumentándolo cuando tus manos recorren mis pechos apretándolos y masajeándolos, menguando sus lunas al límite de mi dolor; recuesto mi cabeza en tu hombro  y tu aliento y boca recorren mi cuello, electrizándome por completo, tus manos recorren mi cuerpo hasta mis caderas, cogiendo cada uno de mis brazos.

- ¡Shhh! – chistó él – no te muevas.


Esas palabras a modo de susurro activan mi mente, recorren mi espalda en forma de latigazos eléctricos y entreabren mi boca incapaz de musitar algo con sentido. Te conozco cuando te pones así, siempre logras sorprenderme, intento volverme, pero no me dejas, no me vas a dejar ver esa mirada picarona que tanto me gusta.
Me muero por vestirte con mi saliva, me muero porque me vistas con la tuya, fundirnos en fluidos, hacernos agua.

Ambos caemos en aquella cama, nuestros besos son más intensos, mis ojos cerrados imaginan y están ansiosos porque llegue el momento justo. Noto como tu pene acaricia mi barriga, como dibuja en mí, unas dulces palabras. De repente, noto como todo tu ser entra en mí, como se apodera de mi cuerpo, de mi personalidad… yo no soy yo en esos momentos. Tus fuertes manos hacen que mi cuerpo cabalgue y que goce encima de ti, yo me dejo llevar. Tan solo el sonido de nuestras respiraciones en compases muy similares, se dejan oír en aquella tarde fría de domingo.

Me penetras como si no hubiera mañana, yo ansiosa, no paro de moverme. Mis gemidos son para él como un dulce cantar que llena sus oídos de placeres inimaginables. Me ataste las manos a la espalda, no he contado los orgasmos que haya podido tener, falta de aliento, mojada en ti, tanto que no tengo aroma propio, huelo a ti, desde la cabeza a los pies, cuando me ves exhausta de tanto placer, me desatas y me susurras de nuevo:

-          Ahora, muévete, cabálgame de nuevo, gózame, lámeme, no sabes lo que he disfrutado con esto y ni te imaginas lo hambriento que sigo de ti.

Mi respiración se puso a mil, sin pensarlo dos veces, derroché todo mi ser en su enorme pene aún erecto y deseoso de encontrarse con mis labios. Comencé a lamerlo como si la vida me fuera en ello, y sin previo aviso, noté cuanto amor había en él. Saboreé con ternura aquel placer que derrochaba por todos los poros de su piel.

Amanece de nuevo en mi cama, en la que la noche me dejó compartirla contigo, y en la que aún quedan huellas de una soledad aliviada por el sueño y el deseo vertido intensamente en ella.

Todo en una fría tarde de domingo.

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