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13 de noviembre de 2011

Relato erótico de la semana: Una noche en la playa. 1ª Parte





Me hallaba junto al mar, mirando a la luna. La luna… tan solitaria ella a pesar de estar rodeada de un manto de estrellas infinito. Cerré mis ojos, mis ojos disfrutaron del chocar del agua contra las rocas. No había ni un solo sonido capaz de perturbar mi tranquilidad. Mi cuerpo estaba semidesnudo, tan solo un pequeño bikini y una camiseta lo cubrían de la tenue brisa de aquella noche de verano. De repente escuche unos pasos, decidí no girarme y seguí con el gran espectáculo que me regalaba la naturaleza. Supe que aquella persona había estado observándome minutos previos a que decidiera dar el primer paso. Seguí mirando la luna, estaba llena. Noté como de la nada unos brazos rodeaban mi cintura y la apretaban con fuerza. Gemí ante tal sorpresa. Sus manos hicieron que me girara hacia él y lo mirara directamente a los ojos.
Tenía los ojos brillantes, azules. Me sonrió con picardía, estaba guapísimo bajo la luz de la luna. Su pecho completamente desnudo me hizo enloquecer. Nuestras miradas se encontraron y ambos sonreímos, sabíamos que nos queríamos. Nuestros labios encajaban como piezas de puzzle y nuestras manos se entrelazaron con suavidad.
-          Te quiero – me susurró con ternura.

No pude responderle, ya no tenía palabras para decirle lo mucho que me gustaba, lo mucho que lo quería, lo mucho que lo amaba. Me limité a abrazarlo y a sentarme en la arena sin dejar de mirarle a los ojos. Nos sentamos juntos, sin decir nada. Aun teníamos las manos entrelazadas cuando él se acomodó en la arena, yo le imité, me apoye en su pecho. Pude oír el latido de su corazón con energía. Me miró algo inquieto, su corazón estalló en latidos. Sellé con un tierno beso aquella expresión que se le formó en la cara, estaba gracioso. Él se limitó a acariciar mi barbilla, yo sin poder evitarlo, rompí a llorar.
-          ¿Qué te ocurre? ¿Hice algo que te molestara? – quiso saber.
-          ¡No! Para nada – le aclaré mientras me secaba las lágrimas que asomaron a mi rostro. – Soy muy feliz contigo, nada más… ¿Sabes que te amo?
-          S… si, eso quiero creer saber – me susurró con una sonrisa tímida.

Me encanta ver como se queda sin habla, es tan transparente… tan puro…
-          Que bonita esta la luna.
-          Sí, - afirmé – tan bonita como de costumbre.
-          Aunque te prefiero a ti, Lunna

 Me abalancé sobre él, nuestros cuerpos se pegaron. Nuestros ojos de nuevo se encontraron, besos y más besos. Besos intenso. Y de repente llovieron manos, manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas. Sus manos se aferraron a mi espalda, a mi culo… Me senté encima de él, y este me quitó la camiseta. Comenzó a besarme el cuello, a morderme con fuerza, yo gemí y comencé a fantasear. Estábamos en la playa, en cualquier momento nos podrían sorprender pero decidimos dejarnos llevar por el momento, aquello era único. Cristián se levantó conmigo en brazos, yo le besé el cuello con intensidad, él mientras tanto, andaba rumbo a mar. Note en mis pies un cambio de temperatura y cuando volví a abrir los ojos estábamos en mitad del mar. Solos. Me agarré a su espalda, cultivada en muchas horas de natación y busque su boca ansiosa. Le besé como nunca, con mucha energía, un beso cargado de historias… de sentimientos. De vez en cuando parábamos para dedicarnos una tierna mirada a la luz de la luna. Instintivamente su cadera empezó a moverse al compás del chocar de las olas en las rocas, yo también decidí moverme. Cristián ágilmente me quitó la parte de arriba de mi bikini. Me beso el pecho, yo le dediqué una dulce mirada a la luna “estoy bien”. Empezamos a practicar peetting pero muy despacio aunque igual de intenso que otras veces. Su pene estaba erecto y yo, lo notaba en mis genitales. Necesitaba que hiciéramos el amor pero esperé, sabía que todavía no era el momento idóneo. Él y yo nos sumergimos bajo el mar y nos dimos un beso, un beso con sabor a sal.
-          Vicky – me susurró al oído.
-          ¿Si?
-          Te amo.

Mis ojos se abrieron de par en par. No me podía creer lo que había oído, aquellas palabras que habían salido de sus labios…
-          ¿Cómo? – pregunté algo confundida.
-          Si Vicky, te amo – me respondió con los ojos brillantes, iba a llorar, estaba emocionado.

Mi corazón empezó a latir, se me iba a salir del pecho, empecé a temblar, me faltaba el aire. ¿Qué me ocurría? ¿Tanto miedo tenía a que llegara ese momento? Cristián notó mi estado de confusión y se limitó acariciar mis pómulos, me agarró la cara y me tomó el pulso, me iba a mil por hora, lo sabía. Logré tranquilizarme, aún no habíamos hablado, era todo muy confuso, no había palabras útiles en aquellos momentos.
De repente, pude notar como sus uñas se clavaban en mi espalda, arañándola, dibujándola. Fue entonces cuando abrí la boca para poder responderle a ese “te amo” que me había dicho minutos antes. Pero no me dejó. Posó uno de sus dedos sobre mis labios obligándome a callar, yo sonreí. Lo abracé con fuerza. Estaba enamorado de mi, poco a poco me iba haciendo a la idea. Este aprovechando mi descuido me mordió en el hombro. ¡Ay! Grité. Por enésima vez nuestros ojos se encontraron y hablaron por si solos, se conocían, mantuvieron un breve intercambio de palabras, de sentimientos, de emociones. Sin darnos cuenta siquiera, estábamos en la orilla, tropecé y caí, note como segundos después su cuerpo caliente se pegaba al mío, noté su respiración, estaba alterada, nerviosa, ansiosa. Noté como su mano se deslizaba con delicadeza suavemente sobre mi barriga, haciendo círculos, espirales bajó un instante y acarició con ternura mi clítoris. Yo enloquecí y no pude reprimir un gemido.
-          Esta noche, tan solo la luna podrá comprobar junto a ti, lo mucho que te amo.
-          Cristián yo… - pero de nuevo no me dejó continuar, volvió a taparme la boca con una de sus manos.

Sus dedos acariciaban mi clítoris, no pude controlar mis gemidos. No me importaba nada en esos momentos, solo que me encontraba bajo la luna, a la luz de las estrellas y con la suave brisa del mar, y lo más importante, con mí chico.
Mis ojos se ponían en blanco, él me conocía muy bien y sabía como mover sus manos por mis zonas bajas. Sus manos se movían muy rápidas esta vez, fue cuando por sorpresa, introdujo uno de sus dedos, y soltó una risita picaresca, dos dedos, tres… acarició con énfasis “mi punto G” noté como mi cuerpo no era mío, era de él. No podía controlar mis impulsos, deje correr aquel placer que inundaba mis entrañas. Era un cúmulo de sensaciones. Sin darme cuenta, pude ver como una de mis manos estaba unida a una suya, nos agarrábamos fuerte. Sonreí y me tumbé sobre la arena, extasiada de placer. Cerré los ojos y fue cuando me percaté de que la lengua de Cristián era ahora, la que navegaba por mi clítoris.
Su lengua caliente y a la vez húmeda surcaba por mis genitales, acariciaba con energía cada rincón, cada surco, cada nervio… Noté como mi cuerpo empezaba a tener pequeños “ticks” que anunciaban lo que posiblemente podía avecinarse.
-          ¡Cristían! - le gemía entre susurros, apenas podía articular palabra.

Pero él no paraba, lo hacía con más intensidad, pude mirarle a los ojos. Sus ojos rebozaban ternura y pasión. De vez en cuando paraba para sonreír, estaba guapísimo.
-          ¡CRISTIÁN! – grité desesperada con todas mis fuerzas.

Mi cuerpo empezó a moverse instintivamente, mi corazón iba a mil por hora, se me iba a salir del pecho. Mi cuerpo estaba empapado de amor, de pasión de erotismo, Cristián continuaba besando mi clítoris con frenesí. Un calor agradable empezó a recorrer mi cuerpo. Esta sensación empezó en los dedos de mis pies, y poco a poco fue subiendo, lentamente, recorrió mis rodillas, y subió, alcanzó su punto culme en mi clítoris. Él lo notó y decidió parar y mirarme, yo no daba crédito a nada. Perdí la noción del tiempo, no sabía donde estaba ni que hora era, ni tan siquiera si habría gente observándonos, de lo único que estaba segura es de que estábamos él y yo. Solos. Por fin, pude abrir los ojos y de nuevo nos encontramos, nuestras miradas se fundieron en una sola, se fundieron de la misma manera que el mar acaricia al acantilado. Nuestras miradas rebosaban ternura, amor y mucho cariño.
-          Cristián – pude decir con voz firme.
-          ¿Si? – me contestó él.
-          Gracias.

Noté como una sonrisa dibujaba su rostro, se abalanzó sobre mí. Empecé a besarle acariciando su cara, su pecho. Miles de besos bañaron su pecho desnudo y mojado. Me recosté en su pecho y le miré a los ojos intensamente, él sonrió. Se ponía nervioso cuando yo le dedicaba una mirada llena de sentimientos, y tan cargada como aquella. “Te quiero, te quiero. Te quiero Cristián, te quiero, te quiero muchísimo…” lograba susurrarle al oído acompañado con tiernos mordiscos. Él cerró los ojos y disfrutó del momento. Sin darme ni siquiera cuenta, mi mano jugueteaba en su tronco, bajando tímidamente por su pelvis. Con mis manos le dibuje un corazón en el pecho, él gimió. Nos levantamos y decidimos adentrarnos en el mar.
El agua estaba templada, era una sensación muy agradable, apenas había oleaje, aquello nos facilitaba mucho maniobrar para poder quitarnos aquella pegajosa arena. Empecé a quitarle la arena, estaba plagado de esta. Mi mano buscaba su pene sin pensarlo, creo que él también buscaba mi mano en un punto fijo. Con delicadeza comencé a moverla, con movimientos uniformes, despacio aunque con mucha seguridad en mi misma. Mis ojos se clavaron en los suyos, pude notar, como él no podía apenas acentuar palabra, solo gemidos, y susurros “Vicky….Vicky por favor”  me lograba decir. Sus suspiros pronto se hicieron más profundos, sus miradas mucho más intensas. Mi cuerpo me pedía hacerle el amor, pero decidí esperar, ahora le tocaba a él disfrutar, y yo estaba dispuesta a proporcionarle todo el placer que pudiera. Poco a poco fuimos andando hasta acabar de nuevo tirados en la orilla. Nos tumbamos, yo esta vez me situé encima de él y con entusiasmo empecé a besarle el pene. Comencé a moverme, mis labios saboreaban el dulzor de este. Mi mano me ayudo en esta ocasión, yo boca subía y bajaba por su enorme pene, y mi mano ayudaba a subir y a bajar también.  Cristián estaba disfrutando mucho, yo también. De vez en cuando decidía parar para dedicarle una mirada con todo mi amor, él me miraba con ternura y luego le dedicaba una sonrisa a la luna. Sus manos acariciaban mi pelo, mojado por el mar. “Vicky, para, no puedo más” Yo me negaba a parar, pero decidí hacerle caso, sabía lo que iba a ocurrir a continuación. Entonces decidí acariciando su pene, pero esta vez con mis manos. Lo acaricié con cariño y de manera moderada, él estaba muy caliente y su pene era enorme en comparación de otras ocasiones. La situación era muy erótica.  Cristián de repente apretó mi mano hacia él con fuerza, noté como un líquido espeso y caliente a la vez, impregnaba mis manos de placer infinito. “Te quiero” le susurré al oído con cariño.

Permanecimos echados completamente desnudos en la arena de aquella playa, perdida en el paraíso, sin poder articular palabra, aquello era demasiado bonito, para estropearlo con palabras. Nos queríamos, éramos jóvenes ardientes  dispuestos a disfrutar de la vida cada minuto, cada segundo… (Continuará)


Bueeno! como soy de cumplir promesas, este relato lo dedico a mis dos queridos lectores que los quiero con locura, Lechado y la Rubia!!! Gracias por seguirme y espero que lo sigáis haciendo durante mucho tiempo ¿Vale? Desde aquí un beso ENORME! Se os quieree! 

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